Hace mucho tiempo, en un rincón del mundo donde el sol apenas se atrevía a colarse entre los árboles, vivía la tribu de los Piesligeros. Eran cazadores y recolectores de pura cepa: ágiles con las lanzas, expertos en encontrar bayas que no te mataran al tercer mordisco y, sobre todo, muy orgullosos de su dieta de venado flaco y raíces con sabor a tierra mojada. Todo iba bien hasta que un día, mientras rastreaban un ciervo que parecía haberlos estafado con huellas falsas, oyeron algo nuevo.
—¿Qué fue eso? —preguntó Tunk, el líder, con su lanza en alto y una ceja arqueada como si el bosque le debiera una explicación.
—Sonó como si un trueno se hubiera atragantado —respondió Lila, la recolectora con el mejor olfato de la tribu, olisqueando el aire como si pudiera adivinar el menú del día.
De pronto, entre los arbustos, apareció eso. Era una criatura rechoncha, peluda, con ojitos pequeños y un hocico que parecía diseñado para meterse en problemas. Gruñía, bufaba y tenía unas patitas cortas que lo hacían parecer un barril con ambiciones de corredor. La tribu se quedó helada.
—¿Es un oso enano? —susurró Korg, el más joven, escondiéndose detrás de Tunk.
—No, los osos no tienen colmillos de puercoespín —respondió Tunk, aunque no estaba muy seguro de qué estaba mirando.
—¡A lo mejor es un espíritu gordo del bosque! — exclamó Lila, half seria, half bromeando mientras retrocedía un paso.
El "espíritu gordo" no parecía impresionado por las teorías de la tribu. Soltó un chillido agudo y salió corriendo, o más bien rodando, entre los árboles. La curiosidad (y el hambre perpetua) pudieron más que el miedo, así que los Piesligeros se lanzaron tras él. Tunk lideró la persecución, gritando órdenes como "¡No lo pierdan!" y "¡Cuidado con los árboles, Korg!", mientras el pobre Korg chocaba con todo lo que encontraba.
Tras una carrera que dejó a la tribu jadeando y al bicho exhausto, lograron acorralarlo contra un risco. Tunk levantó su lanza, miró a sus compañeros y dijo con tono dramático:
—Si es un espíritu, que nos perdone el Gran Árbol. Si no lo es… cena.
Un lanzazo bien colocado y el "espíritu gordo" dejó de gruñir. Lo llevaron al campamento, donde lo estudiaron como si fuera un regalo caído del cielo (o un castigo, dependiendo de cómo olía). Nadie sabía qué hacer con tanta carne redonda y esa capa de grasa que parecía brillar bajo el sol.
—Esto no parece venado —dijo Lila, pinchando la grasa con un palo—. ¿Y si nos envenena?
—Solo hay una forma de saberlo —respondió Tunk, valiente como siempre (o tal vez solo hambriento). Encendieron el fuego, cortaron pedazos del animal y los arrojaron a las llamas. El campamento se llenó de un aroma que nadie había olfateado antes: rico, ahumado, con un toque de "quiero más". La grasa chisporroteaba, se doraba y se transformaba en algo crujiente que hacía que las tripas de todos rugieran en coro.
Cuando probaron el primer bocado de lo que luego llamarían "el crujiente mágico" (porque "tocino" aún no estaba en su vocabulario), la tribu perdió la cabeza. Korg se quemó la lengua de la emoción, Lila empezó a bailar alrededor del fuego y Tunk declaró que ese bicho era "el rey de las bestias comestibles". Hasta el viejo Gronk, que solo comía bayas porque decía que la carne le arruinaba el carácter, dio un mordisco y gruñó:
—Esto es mejor que dormir en pieles secas.
Desde ese día, los Piesligeros no volvieron a mirar a los venados flacos de la misma manera. Cazaban al "gruñidor gordo" cada vez que podían, perfeccionando el arte de cocinar su crujiente tesoro. Y aunque nunca supieron que habían descubierto el tocino, una cosa quedó clara: el bosque les había dado un regalo, y ellos lo desayunaron con una sonrisa grasienta en la cara.

